sábado, 7 de mayo de 2011

Chiles

Lo reconozco, hasta hace no muchos años pertenecía a esa corriente tan nuestra y castiza que es el "si-pica-no-lo-quiero".

La pertenencia a ese club obviamente conllevaba todos esos estereotipos sobre digestiones pesadas, anulación de sabor y otros mitos propios de quienes nunca se han atrevido a probarlo. Con moderación, los efectos no pueden ser más positivos como acelerador del metabolismo tal y como me comentaba una especialista en nutrición hace unos días.

En este sentido debo dar las gracias por igual a unos amigos, adictos a estos pequeños pimientos y al particular Jamie Oliver, teniendo ambos parecido grado de adicción a estas "sustancias" y que fueron causantes de mi introducción en el proceloso mundo del picante.

Desde ese momento y estando aún muy lejos de ser un experto en el tema, chiles vietmanitas, madeirenses, mejicanos,...inundan mi cocina en distintos formatos y texturas (frescos, secos, en polvo, en escamas con semillas,...) y que son objeto de experimentos a veces imposibles pero con algunos finales felices (¿han probado ustedes a sustituir en un arroz nuestro extremeño pimentón por chipotle ahumado?).

Como aún no he sido capaz de elaborar una tesis de uso o algo más fiable que el "prueba y error", comparto con ustedes una solución parcial que encontré hace unas semanas en el londinense mercado de Borough y gracias a la gente de Spice Mountain y el "Chili Box" a la venta en dicho mercado.

Ni más ni menos que una sencilla caja de cartón, impecablemente preparada que alberga en su interior "seis tipos seis" de chiles, con la recomendación de preparación sugerida y lo que es más importante, con el grado de picante de cada uno (aunque esto tenga un alto grado de subjetividad, claro).

Chile de arbol, de cascabel, piri piri...un lujo, barato (menos de 10 libras) que me alegran salsas, ceviches, ensaladas y todo aquello que se me ocurre. Si pueden hacerse con una caja, no lo duden.

Que ustedes lo disfruten.